sábado, 4 de abril de 2015

Oliver Nelson - The Blues and the Abstract Truth

La pizarra era una disección, una ballena gigante abierta por la mitad.
Tranquilamente, el profesor señalaba con su ballesta los puntos de carne muerta, nombrándolos uno a uno, siguiendo por alguno de esos huesos que parecían revivir recubiertos de oro u otra luminaria, llegando hasta uno de los dos ojos que aún seguía mirando de reojo, siguiendo el recorrido de la ballesta por la clase, observando los pupitres donde todos bostezábamos, llegando al mío, deteniéndose, guiñando un párpado con un gorjeo que parecía ser el sonido del agua espumosa que aún rondaba sus esfínteres. Me quedé muy quieto, tranquilo (puede que sonriese un poco) pues aún recordaba el incidente de las faldas, allá en el campo de mi pueblo, cuando mi padre me perseguía para atizar el pico de su loro preferido contra mi trasero, cuando, en plena huida, al torcer una esquina, conseguí esconderme entre los pliegues de una falda que pasaba por ahí. Al abrir los ojos todo mi cuerpo estaba del revés, en el esbozo de un mechón rojizo que zumbaba por encima del maíz, esa chica tumbada, yaciendo con las piernas abiertas, preguntando al aire cómo se llamaba su secreto. El aire respondía: la matriz. Pero ella se reía: no no. Y el aire, en un remolino que levantaba un ligero polvo amarillo, aventuraba de nuevo: tu huevo de oro. Y ella seguía riéndose: no no. Cuando, aún volando por dentro de ese mechón, se me ocurrió decir: el túnel de la ballena. Y ella, sorprendida y un poco asustada, se golpeó la oreja con la mano desocupada  y apretó con la otra aún más fuerte hacia su interior. Sentí un cosquilleo desde los sobacos hasta la entrepierna y me empecé a deslizar. Me acordaba de ciertas partes del cuerpo de mi padre: su mano que sostenía el poste de la luz en la noche de una cabaña, sus fuertes brazos que apretaban el fuego en la chimenea donde todos nos acurrucábamos para dormir. Precisamente por eso no sabía si salir o no: qué pasaría si me encontrase, y más aún, qué pasaría si me encontrase en mitad de los campos del vecino entre las piernas de una chica que no dejaba de reír al viento. Era un risa llena de guturales, que parecía ahuyentar cada una de las golondrinas que siempre se posan para descansar en el maíz. Era una risa, de todas formas, un poco triste, ligeramente ausente, como si le faltase un pedazo de uña con la que rascar del todo su interior (un pedazo de otra uña que, a lo mejor, pensé, se le habría caído al atizar las moscas en el camino que lleva hasta los maizales). De todas formas, me dije, por mucho que el olor aquí sea mucho más agradable que el de cualquier otro patio de butacas donde dormitar, qué vas a hacer, qué hay de lo otro, así que seguí resbalando por conductos y tuberías que me llevaban, derramado, con un gemido y un sollozo que se escuchaba a lo lejos, escurriéndome entre los dos dedos que buscaban la campanilla del final, abriéndome un hueco entre las piernas hasta que al final aparecí, todavía un poco girado, entre el maíz que se aplastaba bajo su cuerpo.
Ella me miró como si me hubiese estado esperando.
El túnel de la ballena, dije mirándola a los ojos, sonriendo, todavía empapado.
Lo último que me dio tiempo a ver fue su cabeza. Sus ojos grandes y azules que me miraban, sonrojados entre la paja, como si fuese el único hombre que había conocido en el mundo, el único ser del que esperaba algo. La única moneda que oía tintinear al caer sobre las losas de una fuente vacía. Parecía querer decirme algo, una palabra que se escondía en sus pupilas llenas de ese algo que no dejaba de removerse. Pero sus labios parecían querer decir otra cosa, y temblaban al mismo tiempo que sus ojos hacían un esfuerzo enorme por no cerrarse. No sé qué batalla se libró, no sé cómo fueron las idas y venidas en ese campo de lodazales y piernas cercenadas. Lo último que vi fueron sus ojos que se apretaban y sus labios que hacían un agujero, abriéndose, dirigiéndose a mí con un enorme NO en el que me sentí caer, diminuto, al mismo tiempo que la figura de mi padre aparecía, gigante, por detrás y me levantaba como a un sombrero en el aire. Ella desapareció y yo también, un poco, al menos, de otra forma, seguramente mucho más cuando mi padre me mandó a ese internado donde, un tiempo después, observaba el ojo de la ballena que me guiñaba su interior y en el que podía ver un remojo de ese algo que se había removido dentro de ella. Qué era, qué podía ser. Disecciones abstractas, pensé, la idea que se vuelve desde la realidad, desde la emoción, y se pierde cuando la señala la ballesta con la voz del profesor aullando entre los alumnos: venga, decidme chicos, qué es, cómo se llama.


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domingo, 25 de enero de 2015

Cecile McLorin Salvant - WomanChild


Allí, en el bajo Missouri, hay una chica que busca un sonido. 
Un sonido que en realidad ella puede ver, sólido y opaco, flotando a veces frente a su televisor: una bola de madera cálida y crujiente, ligera y al mismo tiempo con un peso tan exacto, tan preciso, que le parece que al cogerla entre sus dedos podría llamarla por su nombre de pila, acariciándola, sin miedo a reproches, sin ninguna otra posibilidad que esa unión, de pronto, implícitamente convocada en el contacto de la madera caliente con sus dedos, su propia singularidad. Pero la bola de sonido siempre desaparece cuando ella se levanta del sillón. Entonces, los pájaros escapan del horizonte y las sirenas de ambulancias empiezan a llamar, entre farolas que ambientan y parpadean, entre carritos que salpican mostaza en los bordes de los pasos de cebra, siempre solitarios, donde sólo el hombre verde y el hombre rojo, ambos con sombrero, intercambian miradas silenciosas, esperando a la entrega del sigiloso deambular.
Hay una sombra que ella puede entrever a través de sus gafas gigantes, descomunales para su cara pequeñita, una sombra que se desliza entre las paredes de la habitación y agarra la bola como una manzana colgando del árbol, volviéndola a llevar, a otro sitio, otros pájaros, una sombra veloz e imprevista (siempre imprevista, siempre la misma), que camina entre las motas del gotelé y las nubes de fresa que todos guardamos en los estantes de nuestro salón: nubes que sucumben con la luz del amanecer, adelgazando poco a poco, secas de inanición a mediodía, hinchándose por la noche con las respiraciones pausadas de una reina que degolló a sus hijos para verlos crecer, más vivos, más reales, con nuevos huesos que crecían como troncos de secuoyas en el jardín del palacio, con nuevos ojos que iluminaban con el fulgor de una fragua la sala a oscuras, observando los dedos de su madre que tocaban al piano la serenata de una noche para fantasmas, casi a cámara lenta, casi en completa comunión.

De dónde viene esa sombra, se preguntan sus gafas, a dónde va a parar.
El televisor permanece encendido y ella apenas se mueve del sillón, esperando el momento, agazapada, intentando ser la sombra, hasta que la bola vuelva a aparecer y sus movimientos sean de pantera en la espesura, intentando ser el viento, sin suerte, sin suficiente presión en las esferas, descolocadas de su armonía, Plutón en la casa de Neptuno, tomando copas, indecisos del tiempo de regresar y esgrimir las ráfagas de un ciclón entre las que ella podría colarse, casi en una rendija, casi como un gato se cuela entre los cubos de basura y parece nunca regresar, para arrancar la bola del sonido de entre las ramas de una presencia, llevársela, no a otro sitio sino a su sitio, quizá abriendo mucho la boca para tragarla, entera, sin mastiques ni deglución, que llegue a ocupar el lugar que le corresponde ahí entre los intestinos y los pulmones, quizá justo en la boca del diafragma, cada vez que se abre y se cierra cuando ella comienza a cantar. Sí, son todos intentos de caza con licencia y carnet, con espadas en lo alto de un cerro lleno de banderas que avisan a los galgos de que es el lugar, que el bosque está acotado, que en realidad nada puede estropearse; pero hay otra caza, secreta, salvaje, que ocurre cuando ella se quita las gafas y busca la bola del sonido entre el espesor, no partiendo de él sino entre él, en sus brazos morenos, en su tierra agria y llena de arrugas, saliendo de Missouri a lomos de una garza que vuela caminando y camina sin posarse, hacia otro sitio, quizá el horizonte, quizá esa ladera verde desde la que el volcán eructa monosílabos, por donde los enanos pululan llevando troncos y más troncos de árboles gigantes, milenarios, que en realidad nadie pudo haber talado sin la ayuda de los vientos de algún dios olvidadizo en la profundidad, troncos que ascienden la pendiente a los hombros de diminutas motas de azar, sudorosos, y llegan hasta el cráter desde donde ella puede ver, ahí, muy dentro, las bolas que se cuecen en el fulgor, los recorridos zigzagueantes de la aventura: las grutas, los pasadizos, la siempre inevitable pérdida de cualquier sentido del rumbo.
Las nubes de fresa son gigantes en ese momento, entre sus ronquidos y las gafas ladeadas, entre las manos frágiles que caen a los lados del sillón, cuando muy detrás de sus ojos, en una posición claramente invertida, ella descubre un espejo en alguna habitación oscura, iluminada por agujeros encendidos en la pared, una melodía que recuerda a los equinoccios del antiguo Egipto, dos manos que se mueven sin cesar, el reflejo en el espejo que le da la cara, a ella, del revés, oscura y sigilosa, la otra sombra, su propio diafragma, su propia tempestad.

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(Aquí, una entrevista con ella, una bonita sinceridad: Entrevista con Cecile M)




sábado, 20 de septiembre de 2014

Joao Hasselberg - Whatever It Is You're Seeking, Won't Come In The Form You're Expecting

A veces, al mirar las manchas en la pared, que parecen nubes o tomates de acuarelas, cuchillos gigantes de María en el aguarrás, diluyendo gota a gota las letras de un alfabeto perdido en la maleza (olvidado, entre cada mancha de cada puntito del gotelé), me digo: córcholis, repámpanos, estereotipos de otras clases (palabras), todo eso que hay ahí, ¡todo!, ¡¡en la pared!!
Y es que a veces la pared es una línea.
Y a veces la pared son todos los labios que soplo por las noches.
Siempre la pared son tus rayas, tigre, y es verdad, las mías acolchadas por detrás del sofá.
Casi, cuando digo algo y sintagmo, la pared se transforma, y la pared es un mundo y en el mundo, claro, cómo iba a ser de otra forma, los papeles vuelan y se cambian con una música diferente para cada oído.
A veces miro al otro lado de la pared (un huequito, un orificio como el alma de una letra) y miro sus caras de sonrisas gigantes y los ojos de los que pasean en las plazas del sol y las manos que se estiran en el sudor de un miramiento adormecido, allí a lo lejos, todos ellos, preguntándome entre el cojín y la pared, asintiendo de alguna forma, sí sí, todos ellos son las mismas palabras con la misma línea lúcida en sus frentes, todos ven, aquí, allá, la misma persiana caída multicolor sobre la terraza, todos estrechan las horas con un atlas, surcando con la yema de su huella dactilar: aquí, aquí, viajemos, ¡partamos hacia la muralla!.
¿Cuántas decisiones caben en un planeta?
Cuáles son los dedos para medir (tus tetas rubia que te alejas hacia el mirador preparada para saltar y despegar las alas de tus pezones (perdón)).
Cuántos sabores cambiarán si una palabra.
Cuántas miradas dirán: la luz era violeta pero tus morros me violentan.
Cuántas notas desafinadas habrán conversado entre ellas con un cubeta entre sus piernas: ¿estás sostenido o te molo?

Una vez vi a alguien que tenía su pared sobre una cuesta y meaba sobre ella para verla llover. Luego miró al cielo y encogió las manos recogiendo la última palabra de un profeta del camino. Saltaba al tobogán de su meado y caía por la calle como en un parque de atracciones, le faltaban los colmillos y el pelo parecía de un caimán. Luego se detuvo en la cuneta, mirando hacia los balcones donde las niñas tiraban cáscaras de pipa (con saña, apuntando) y se hundió en el hueco, se hundió en el orificio de una letra que seguía hacia el meado, una una una, la misma la pared, apuntando las palabras de miles de historias que había leído en algún momento y que, yo creo, se volcaban al mear para apuntalar la calle de posibles desertores, pardiez.
Las niñas arrojaron las últimas pipas porque querían saltar a la comba.
Los coches salpicaban el badén de pis.
Las paredes parecían patatas fritas gigantes.
Los huecos se abrían hacia el sitio del final.
Y el único sonido era su silbido de cada canción de cada palabra que leía (su idea, creo, de lo que había sido escrito) saliendo desde el hueco de su pared, llena de curvas y gotitas de aguarrás.

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martes, 22 de julio de 2014

Duke Ellington - Such Sweet Thunder

Quería escribir algo bonito, quería decir de la mariposa que flotaba por encima de los fresones del huerto, por debajo de las parras que plantaban la sombra para ella y para nosotros los que miramos, todo sombra refrescante y quería escribir algo bonito sentado en la mesita de patas chuecas bajo los fresones, junto a ella revoloteando en mi oreja izquierda, una mesa de metal, sentarme adormilado con los ojos hacia dentro y los dedos intentando asir sus alas, pero era demasiado, palabra, quería de verdad escribirle algo bonito a los truenos que caen como si dijesen ¡realidad! en cada tormenta de verano que nos empapa las calles (pero era de noche y en la casa alguien enchufó el gramófono que siempre había estado muerto y sonaron los cascabeles, sonaron las charcas donde las ranas morían de tuberculosis sin crujidos ni croares de desesperación (son puro silencio) y sonaron las trompetas del cordero en la colina y el diminuto piano de juguete que anuncia la aparición): todos eran calaveras los que allí estaban de pie contemplando la mariposa verde en el huerto, todos huesos y todo la consternación de un momento, ¡decide!, ¡muere!, y cada personaje se movía de forma tan diferente en la condensación de las voces, sí, todos hablaban con los dientes llenos de legumbres pasadas, todos movían las cuencas y las mandíbulas batientes en huesos de exposición: las voces eran todos rayos de tormenta y un galeón que llevaba la magia a la única isla donde podía residir la realidad, crujidos en la basura, el enganche que faltaba del broche de un mercader que vendía almas a cambio de chicles de fresa (y los recogía apenas con dos dedos estirando al otro lado del mostrador, casi con miedo, casi como si el chicle fuese la vida y al otro lado estuviesen todos los cadáveres que le esperarían al final), y ellos seguían mirando en el huerto los fresones o las enredaderas que vertían desde el fondo de la tierra una savia desconocida y ácida que se lo tragaba todo, musgo, plantación, las parras eran de acero y el toldo lo compró alguien de la casa en un mercadillo, y en la casa seguía sonando el gramófono de ánimas que carburan la providencia, cada daimon que se aparece en la oreja al susurrar tu destino, ellos, cada voz que aparecía por detrás para plantarse por delante (¿dónde estaba yo?, ¿desde dónde podía decir esto si no era en la muerte, sentado a sus lados, acariciando las calaveras que eran mi sostén y mi precipicio en la tierra?), y quería, palabra, escribir versos alegres para Long John y la familia Incandenza, para el pobre Tyrone Slothrop y su amigo Hans de la mano Castorp, que todo lo anegaba en la plaza de adoquines negros con su vómito salpica-salchichas, pero dónde quedaba eso, fuera del huerto, seguro, lejos de la mariposa posada en el sombrero y la pluma azul del nieto de Hamlet, en las manos de las voces que miraban a los setos y exclamaban versos jámbicos y casi olvidados en el cajón de las nubes, moviéndose entre las flores como torbellinos de arena, y se preguntaban, todos, a cada rato, qué rey fue el de su tragedia, qué pesos cayeron sobre el burlón y sus ninfas, dónde murió el gordo Wells para acompañarlos a todos por el camino de las muchachas de calzones caídos.
Cuando todos se iban, alguien mató al gramófono, a lo mejor porque el enchufe estorbaba el paso de la fregona por la cocina. Cuando todos se iban, las luces se fueron del lugar, la mariposa estaba en otro mundo, los rayos no caían porque las tormentas de verano son sueños que se mueren por salir y yo no dejaba de preguntarme si entrar en la casa era el mismo segundo cuerpo de hueso y estiércol que sentía todo el rato por debajo de mí, tumbado sobre un césped brillante, acariciando la frente de una muchacha sucia y despistada que sonreía sin fin.

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jueves, 26 de junio de 2014

Medeski, Scofield, Martin & Wood - Out Louder

Recién llegado me siento en los tejados para mirar una estrella que sea nave y vague por el desierto, una estrella que palpe, que confluya con mi dedo al aire que llegar al punto que existen, ¡si no hay ninguna!, y sólo luces rojas que parpadean en las torres de los rascacielos, ruido de una papelera rota ahí abajo, un perro que ladra en la terraza cerrada de su mundo, el movimiento de los coches que zumban en la avenida todos con las ventanillas tintadas. Cómo se siente todo, como si en realidad nada estuviese ocurriendo salvo el dedo que sujeta un cigarrillo y la brasa que lo consume caminando por la acera, de espaldas, el juego que un niño saca al patio y desdobla en millones de partes con millones de casillas extendidas en baldosas rotas, las canicas que bordean el tablero y en realidad siempre se tarda mucho en explicar cómo jugar y para qué sirven las pistolas, el juego de las luces en los semáforos que tienden a un intervalo de no-repetición, ¿dónde estamos todos?, el invernadero en el desierto, la capa de desintoxicación y se me olvida siempre subirme la botella de tequila, en los tejados, para sorber con este aire cargado de violaciones en las callejas a donde no llega la guardia real.

Bragas rotas en desagües.

Un hilillo de baba cayendo desde lo alto de una farola.

Los perros se masturban en los vertederos del río y ya no hay (o nunca ha habido) volcanes entre la niebla, se extinguieron en las dunas y ya nadie mira con recelo, el humo se escinde, los tejados crujen y dos palomas me observan como si yo fuese el pan y ellas la muerte, y si tuviese el tequila lo bebía con vosotras para estamparlo como puñales en la boca del señor pero en realidad es muy oscura la avenida, en realidad no hay mujeres que se abran de patas a estas horas de la noche, sobre la hierba de algún parque (virgen), con las hebras a flor de piel y un espacio (un hueco) que una sus labios de la noche con la realidad que se oculta detrás del espasmo, la boca que se abre hacia la llama, la madriguera de una urbe cerrada que come con los ojos agrietados, dónde estoy en verdad si no quiero conocer nada, si en realidad no quiero saber lo que ellos pueden decirme si no se aparecen como tragaperras en el casino replicando la beldad de una fiesta, ¡tin tin tin!, y me falta el tequila y cierro los ojos ante una paloma que se asoma a mi regazo y quiere morder, pues muerde, muerde aunque yo cierre los ojos y la mujer de Verde con los Ojos descalzos me abra la semilla de un paraguas, entremos, salta al río, buceo, y ella delante de mí agita los pies como un delfín que sacude entre las corrientes y con cada dedo del pie se vislumbra la pepita de entre sus piernas que al salir del agua me regala con una sonrisa, ven, sal del río me dice, húndete en la hierba de la ribera, mece las hojas de alrededor con el sonido de una selva que no existe, pero que puede existir, besa mis pecas me dice (beso su ombligo, beso su sudor que se araña en los sobacos del mundo, pero sabe a seco, ¿también aquí el desierto agrieta la piel blanca de una dama?), no tengo crema hidratante me dice, y todo se diluye y son mis dedos que también me traicionan porque en el fondo (en la superficie) la paloma se ha comido mis uñas y ahora va hacia los cartílagos y al nudillo y veo que quiere mis ojos también, pero puedo aguantar, sentado en los tejados, el tequila aparece y puedo aguantar con el tapón, bebe, Julia de los Ojos Verdes, sorbe conmigo, aguantemos juntos donde sea que te escondas de las dunas del desierto que te salan la piel.


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jueves, 29 de mayo de 2014

Bill Evans - You Must Believe in Spring

Se movían las hojas los pinos los árboles del bosque que veía desde la ventana y donde iba colocando según caían los cuerpos de los pájaros muertos que chocaban contra el hormigón la pared las radios y estuches de prensa que se amontonaban como cuchillas en los goznes del edificio. Los pájaros muertos también miran el bosque. Los pájaros muertos sonríen y guiñan el ojo cuando pasa una chica bonita en pantalones vaqueros. Los pájaros muertos hablan entre ellos en el idioma de las hojas, y cada vez son más, y el lenguaje se vuelve imposible, y las palabras son estrellas que salen por la noche para alumbrar sus plumas evaporadas.
Los pájaros muertos miraban los pinos arrebujarse bajo la brisa balanceándose por detrás por delante, en un baile que parecía programado para todos nosotros. Ey, pero ellos no querían compartir el piti que yo había encendido, los pájaros sólo querían seguir mirando, seguir sonriendo, eternidad entendida desde un punto quisquilloso, pero quién era yo para decirles nada, yo sólo era una mano, un par de dedos amistosos (intentando) que les recogían en sus caídas y les colocaba sus cabezas con cuidado sobre almohadas de papel, kleenex, tampones usados que encontraba por la calle, ¡quién iba a querer más!, las cosas se apilan unas sobre otras, igual que en la ventana a veces coloco una piedra amarillenta o las colillas de los pitis o los trozos salteados de una lechuga que ayer comí, sólo para ver sus reacciones, para verlos oler el gusano que asciende por la manzana y sonreír con un pico torcido a la señora de la limpieza que agita el carro allá abajo por la calle, para verlos palmear la piedra y abrir el corazón de una patata que ennegrecía su piel saliendo hijos y nietos verdes amarillos como brotes de más brotes sin parar. Los pájaros parecían entender algo y yo no entendía nada salvo que los pinos se agitan cuando sopla el viento y que, detrás de ellos, detrás de ahí, de la brisa y la luna que cuelga de una cuerda como un yoyó universal, hay algo que no comprendo, algo a lo que canto cuando despierto con las manos del revés y los sueños como braguetas que se suben y se bajan muy rápido y muy lento sin llegar a ver qué minga se esconde ahí detrás. Sí, los pájaros entendían que la piedra estaba ahí, que la patata crecía y que sus cuellos se habían partido al chocar, que el hormigón era la muralla de la ciudad y ahí ellos quedaban, prendidos, prendados, cuidando sus patas, lamiendo el nectar que se había escapado en el rocío de la mañana. Los pájaros entendían que no se puede mirar al sol de tú a tú porque él no es nadie, porque él es distancia y los pájaros no sabían de matemáticas ni el número pi, y sólo sabían que él estaba lejos y mis manos que acurrucaban sus patas estaban cerca. Los pájaros entendían que el gusano era un amigo que entendía el más allá, cómo va eso, nadie habla como ellos cuando tienen hambre y uno coloca un platito de manís a su lado para empezar los aperitivos (un vermut, dos cervezas, los pájaros podían beber sin parar y nunca se cansaban), y el gusano sacaba el periódico y todos hacían juntos los crucigramas antes del trabajo, antes de la noche y la continuación. Los pájaros entendían que para ver detrás de las nubes, detrás de los pinos que se agitaban con la brisa y la cuerda del yo-yo (¿tú?), había que volar como ellos y subir y bajar en loops y montañas rusas que las corrientes creaban para ellos como un portal hacia la diferencia, el idioma de las hojas era eso al fin y al cabo aunque cuesta mucho descubrirlo cuando lo único que tienes son dedos para agitar acariciando los picos que no hablan y lo dicen todo.
Los pájaros entendían que yo no entendía nada, por eso eran amables, a veces, silenciosos otras, cuando el camión de basura pasaba por abajo y la ciudad se extendía ruidosa con sus mañanas y panaderos y quioscos que abrían con montones de periódicos apilados en esfuerzo, y más más más, silenciosos entonces, entornando un párpado que miraba brillante la sirena de la ambulancia hasta que el polvo se acumulaba y mis manos sacudían los plumeros de las cabezas y entonces empezaban, vibrando, sonando, volando las palabras y las hojas acaudaladas que a veces el viento les traía para hacerles compañía. Ellos sabían que yo no entendía nada, por eso esperaron a que me levantase la mañana para partir, cuando, con los dedos del revés y la bragueta abierta bien vista, los vi saltar del borde de la ventana y echar a volar por encima de los pinos con sus alas raquíticas y sus cuellos aplastados. Todos volaban más alto según piaba el sol, y el sol no entendía nada porque ya estaban muy lejos, y los pájaros se perdieron en bandada con un guiño que parecía un reflejo, una mano, un saludo, un anillo entornado en las puertas de las nubes, y me paré un instante inclinado en el quicio de la ventana casi a punto de saltar también, porque, de sopetón, había un algo, o un poquito, un pico que ascendía de la bragueta, que me parecía entender.

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viernes, 9 de mayo de 2014

Harold Land - The Fox

Sujeto: Dupree Bolton
Descripción: Negro
Más Descripción: Negro como un fantasma.
Instrumento: Trompeta.
Historia: No se conoce y ni siquiera se inventa, le llaman el fantasma porque habita en las sombras y toca desde ellas, con quejidos y lamentos como gritos de atención al carcelero que le trae un sándwich vegetal. Cuenta historias a los niños que se acercan a las calles con piedras y canicas, historias de la noche y de las anfetaminas que la hicieron caer los ojos de sonámbulo, historias del viejo desierto donde su abuelo cultivaba maíz y él comía mazorcas viendo un atardecer marrón sobre las cercas, antes, claro, de ser él mismo el atardecer que caía por detrás de los niños como mostaza bañando la luz en una esquina de una calle perdida en Frisco. ¿Dónde aprendió? Tocaba con las manos al aire entre las rejas donde los demás jugaban al básquet y él sólo juega con sus dedos invisibles y las notas invisibles, con su cabeza ladeada mascando chicle, ajustando el sonido al aire que no sonaba. En realidad no tocaba en la cárcel del condado, su trompeta estaba entre hipopótamos y lianas, en un pantano ocre, en un cielo azul en las mazorcas de su abuelo; su trompeta estaba en los dedos y en las uñas y las cutículas de las que cuelgan restos de carbón como si arañase el aire para escuchar los sostenidos y bemoles que se cuelan entre los muros de hormigón. Colega, pásate un pitillo, en realidad le pide la afinación, que el guardia alarga como una serpiente o un cuchillo que traspasa las barreras y se cuela entre sus ojos igual que la palabra se cuela entre sus notas como si dijese, ¡estoy aquí, estoy aquí!, ¡soy Dupree el mago! Ya nadie le escucha y se arrastra por las calles de Frisco recogiendo colillas del suelo, buscando una cerilla quemada hasta la mitad, topándose a veces con otras nucas que, también agachadas, rebuscaban entre las rendijas del suelo para llegar a un piti completo, caras Beat caras Hip, caras Slim, que le sonreían desde las fosas y le decían, ¿puedes?, sentándose en una esquina donde Dupree les tocaba el solo de las nubes frondidas mientras el otro soltaba, ¡SÍ!, ¡vamos!, ¡LO tienes, LO tienes colega!
Pero sólo los locos se conocen.
Sólo los perros se lamen entre ellos las heridas de la yugular.
El desierto está en la calle cuando eres invisible.
Las manos no llegan a dejar monedas.
Los cigarrillos se consumen aplastados por zapatos de tacón.
Tu sitio son alcantarillas.
Tu saco son las nubes.
La pastilla de jabón es una nota perdida con la que te lavas los ojos cada mañana, Dupree, para despertar y ver la jungla con sus lianas y sus cárceles de hipopótamos donde cada uno como de una mazorca más grande aún.
Discos: "Katanga", "The Fox"

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